La belleza trasciende la estética

miércoles, 9 de mayo de 2012

El bodegón en el Renacimiento V

 
 
 
El pintor y el aficionado (1565). Brueghel.
Probablemente un autorretrato


 
Nos encontramos todavía siguiendo el rastro de los antecedentes del bodegón.
No podemos olvidar a un pintor que introduce "pequeños bodegones" en sus obras, de
"escenas de género" aunque el bodegón, como género independiente, no aparece hasta el siglo XVII, en el Barroco.


El Renacimiento del siglo XVI en los Países Bajos
Pieter Brueghel


No se sabe con exactitud ni el lugar ni la fecha de nacimiento de Bruegel, hacia 1525-1569. Entonces no existía un registro civil, y muy raramente las iglesias llevaban un registro de bautismos. La primera mención escrita de “Peeter Brueghels” como firmó al principio, conocido en la historia del arte como Bruegel El Viejo, por ser el tronco de una duradera familia de pintores que prolongó sus actividades hasta finales del siglo XVII, es del año 1551, al ingresar el pintor en calidad de maestro al gremio de San Lucas de Amberes.

Se suele suponer que Bruegel nació en Breda una ciudad holandesa o en una aldea próxima cuyo nombre suena igual que el apellido del pintor entre 1525 y 1530, murió en Bruselas en 1569. (A partir de 1559, Brueghel elimina la h de su apellido).

Entre 1540 aproximadamente y 1551,  estudia en Bruselas con Pieter Coecke de Aeist, con cuya hija Mayeken se casa en 1563. Su maestro y futuro suegro le introduce en dos influencias complementarias que se aúnan en su pintura: la herencia del Bosco y el Renacimiento Italiano, pues Pieter Coecke había estado en Italia donde se ganó los elogios de Giorgio Vasari. Además Pieter Coecke tradujo al flamenco a Vitruvio y Sebastiano Serlio. En 1551 Brueghel el Viejo se instala en Amberes  sin perder el contacto con el taller bruselense de Pieter Coecke.

Bruegel vivía en Bruselas cuando el duque de Alba llegó con su ejército a la ciudad en agosto de 1567. El Duque había sido enviado por Felipe II, rey de España, a cuyo reino pertenecían entonces los Países Bajos. Comienza un levantamiento popular y luego una guerra que duraría ochenta años y que terminaría con la división del país, la parte católica en el sur, llamada después Bélgica y los Países Bajos protestantes en el norte, Holanda.

 


La cosecha



El Triunfo de la Muerte


 
Su talento se ha comparado con frecuencia con el de El Bosco (considerado el nuevo Bosco), con el que tiene ciertas similitudes sobre todo en el tratamiento de forma fantastíca en algunas obras como “El Triunfo de la Muerte” en el Museo del Prado de Madrid. Fue un gran desconocido en su periodo de formación, hay pocos datos sobre su vida y su carrera, y estos los podemos consultar en una biografía de 1609, en la que se le cataloga como un ignorante que se dedica a la “pintura cómica”. No obstante está demostrado de forma fehaciente que poseía cierta cultura, ya que mantuvo amistad con estudiosos y científicos de su país, viajó por Italia para aprender la tecnica de los renacentistas, incluso trabajó una temporada en el taller de un maestro siciliano.
Se conservan solo 45 pinturas de Brueghel declaradas como auténticas. Una tercera parte de ellas se hallan en el “Kunsthistorisches Museum” de Viena; y también un gran número de dibujos y grabados.

En cuanto al tema que nos ocupa, los bodegones, sin considerar a Bruegel un bodegonista, podemos destacar algunas obras en las que las naturalezas muertas adquieren protagonismo en las llamadas "escenas de género", tema en el que Bruegel fue un maestro, el más importante maestro del siglo XVI en esta temática.
Pertenecen a la pintura de género  las obras que representan escenas de la vida cotidiana, generalmente de las clases populares o de la burguesía; fiestas campesinas, bailes en las aldeas, tareas domésticas, labores de campo o de los oficios artesanales, cuyos antecedentes se remontan a las miniaturas de algunos códices medievales.
Karel van Mander, historiador del arte flamenco-holandés, principalmente conocido por su recopilación de biografías de pintores, fue su pricipal biógrafo.
Se sabe muy poco de la personalidad de Brueghel, aparte de estas pocas líneas de Carel van Mander:

 «Era un hombre tranquilo, sabio y discreto, pero en compañía, era divertido y le gustaba asustar a la gente o sus aprendices con historias de fantasmas y cientos de otras diabluras.»


La vida social de Brueghel se extendió mucho más allá del círculo intelectual, asistiendo voluntariamente a bodas campesinas a las que se hacía invitar como pariente o paisano de los esposos. Recibió el apodo de Brueghel campesino o Brueghel el Campesino por su supuesta práctica de vestirse como un campesino para mezclarse en las bodas y otras celebraciones, obteniendo así inspiración y detalles auténticos para sus pinturas de género. También se ha indicado que el origen de este apodo viene de sus representaciones de la vida campesina.


Van Mander cuenta algunas anécdotas en compañía de su amigo Hans Frankaert, joyero de Amberes:

«En compañía de Franckert, a Brueghel le gustaba visitar a los campesinos, en las bodas o ferias. Los dos hombres se vestían como los campesinos, e incluso como los demás invitados llevaban regalos, y se comportaban como si pertenecieran a la familia o pertenecían al círculo de uno u otro de los esposos. Le encantaba observar las costumbres de los campesinos, sus modales en la mesa, bailes, juegos, formas de cortejo, y todas las bufonadas que podían ofrecer, y que el pintor supo reproducir, con gran sensibilidad y humor, con el color, tanto a la acuarela como al óleo, siendo muy versado en las dos técnicas. Conocía bien el carácter de los campesinos y campesinas de Kempen y de sus alrededores. Sabía cómo se visten al natural y pintar sus gestos groseros cuando bailaban, caminaban o se quedaban en pie mientras se dedicaban a tareas diferentes. Dibujaba con convicción extraordinaria y dominaba particularmente bien el dibujo a pluma.»


Estas consideraciones las podemos apreciar perfectamente en su obra:

La boda campesina o El banquete nupcial

   Bruegel pintó esta obra hacia 1567, es decir, más o menos a los 43 años.


 
 
La boda campesina. Pieter Bruegel el Viejo 1567
 Óleo sobre tabla. 114 x 164 cm.
 Kunsthistorisches Museum. Viena




La fiesta se celebraba en primavera, en el granero de una granja; para la comida se han dispuesto tableros sobre caballetes, ya que en el siglo XVI no había mesas grandes, ni siquiera en las casas pudientes.
 
Nos presenta toda una galería de personajes, cada uno perfectamente caracterizado en su actitud, reflejando la naturaleza humana en un momento festivo, con una admirable habilidad para organizar un cuadro con tantas figuras, sin que parezca confuso o amontonado.
Todo un alarde de explosión colorista en los rojos de los vestidos y gorros de los campesinos (el negocio de los paños era muy próspero en Flandes durante el s. XVI), las blancas cofías de las mujeres y los ocres amarillentos del granero y las viandas.

Los campesinos representaban prácticamente el 90% de la población europea de la Edad Moderna. El medio de subsistencia principal del que dependían todos las demás era la agricultura. Pero, aparte de todas las actividades agrícolas y cotidianas que llevaban a cabo, con cuyas imágenes estamos más o menos familiarizadas, sus fiestas y celebraciones son menos conocidas a nivel general y este cuadro es uno de los más representativos de la celebración principal en la vida de los campesinos:
el matrimonio.
 
 





Los alimentos se muestran en primer plano y dos hombres están sirviendo las escudillas de sopa, utilizando para ello una puerta sacada de sus goznes a modo de bandeja; aunque ambas figuras no son más que sirvientes, el hombre de la izquierda es el personaje más grande de todo el cuadro, realzado, además, por el colorido de su traje. En el sombrero lleva unas cintas colgando, igual a las que los músicos han atado en sus instrumentos, o muy similares a las que asoman por debajo de la camisa de otros hombres. Eran utilizadas habitualmente para atarse los pantalones; cuando se llevan atadas al sombrero o a los instrumentos estas cintas servían como insignia de un grupo determinado, señal de que los jóvenes se divertían en sus propios grupos cerrados incluso dentro de fiestas más multitudinarias.

 La cuchara en el gorro del servidor que aparece junto a ellos, le señala como un campesino, seguramente un jornalero. Los campesinos sin tierra y sin medios se convirtieron en trabajadores temporales que eran contratados durante la cosecha, la trilla o, incluso, durante las fiestas. En general, vivían en cabañas, eran nómadas que acudían allí dónde había trabajo o con la esperanza de conseguir una escudilla de sopa o un mendrugo de pan, por lo que iban siempre con la cuchara de madera que se representa en el gorro del jornalero.
 Cada uno llevaba su propia cuchara al banquete.

Todos están serios, curiosamente ningún invitado se ríe; van a comer y la comida se convierte en un acto solemne; además van a comer pan de centeno y gachas, considerados un manjar en aquella época. El pan era su dieta habitual, pero el pan de centeno era muy apreciado.

 




 
Dos gravillas de trigo aparecen sujetas por un rastrillo que tiene el mango metido entre el gran apilado. Nos recuerdan el trabajo que implica la cosecha.
Es la imagen de un granero rebosante. Los cereales eran los elementos básicos de la alimentación y, en forma de pan o de sopas, constituían la parte esencial de una comida.
El espectáculo de un granero bien repleto significaba para los campesinos de la Edad Moderna pasar un año sin hambre, plaga que habitualmente golpeaba a la parte más indefensa de la sociedad europea.

 



 

Solo los campesinos aparecen retratados haciendo gala de un apetito voraz.
El músico mira embelesado la comida (porta el pijpzak, instrumento que se toca en Flandes y en los Países Bajos).

Los campesinos están sentados en toscos bancos, beben y comen desaforadamente las gachas.
Bruegel pone el acento en el pecado de la glotonería, como un elemento subversivo que socava la naturaleza sacramental de la ocasión. No tiene caridad para representar al campesinado. Su mirada está desprovista de compasión, afecto poco difundido en el s. XVI.
Era un escéptico de la condición humana. Probablente siguió siendo católico, pero se acercó a una visión protestante del mundo más que ningún otro artista del siglo.
El campesinado aparece retratado como personificación de lo bueno y de lo malo del hombre. La costumbre y la paz campesinas se contrastan con la incivilización, la vulgaridad en los modales y la simplicidad.

 



 

Los campesinos, amontonados pero con un desorden controlado, observan como espectadores el banquete. En la Holanda del siglo XVI no se permitían más de 20 invitados en estas celebraciones, por lo que el resto debía conformarse solo con mirar.
 

 


 
Un niño lame el plato vacío deleitándose con unos manjares que no prueba habitualmente. Lleva en el gorro una pluma de pavo real símbolo de arrogancia, más aún, de la estupidez y el orgullo. Tambén es símbolo del embrujo sexual que pudiera aludir a los novios.
La imagen de este animal se emplea también en el arte cristiano como símbolo de la Resurrección de Cristo, porque en primavera (estación en la que se desarrolla la boda), tiempo que coincide con la Pascua, ese ave cambia totalmente de plumaje.

El niño aparece retratado como los adultos.
Antes del siglo XVI la infancia no existía como una categoría distinta a la de los adultos. La única diferencia estaba en la estatura. Van vestidos igual que ellos, son adultos en miniatura.
Hasta el siglo XVII Occidente no descubre el mundo de la infancia.

 





La dieta compuesta fundamentalmente de cereales, tenía también sus secuelas. Un campesino con la mirada perdida tiene en la cara una mancha.

El principal problema en esta época no era la muerte por hambre, sino una alimentación desequilibrada. Así era frecuente el ergotismo (denominado también "fiebre de San Antonio", "fuego de San Antonio" o "fuego del infierno"), debido a la subalimentación o a la ingesta de víveres en mal estado.
Estaba causado fundamentalmente por el ergot o cornezuelo, que contamina el centeno y, mucho menos frecuentemente, la avena, el trigo y la cebada.
Esto parece ser lo que nos muestra Bruegel con la mancha que aparece en la cara de este campesino. Uno de los síntomas de esta enfermedad era la aparición de estas manchas.
 Las intoxicaciones con ergot eran tan frecuentes que, ya en la Edad Media, se crearon hospitales donde los frailes de la orden San Antonio se dedicaban en exclusiva a cuidar de estos enfermos.

(Gracias a las consideraciones sobre los lunares en la pintura, reflejadas en el magnífico blog - Medicina, Historia y Arte - me he fijado en esta mancha; no sé si puede considerarse, ciertamente, como posible indicio de este mal).
 

 




En la boda aparecen también los burgueses, pertenecientes junto con el campesinado al estamento del pueblo llano, los no privilegiados, pero ya significados como diferentes al campesinado.
La única silla con respaldo se le ha ofrecido a un anciano, un burgués, quizá el notario que había establecido el contrato matrimonial (otros estudiosos opinan que puede ser el padre de la novia, dado el lugar que ocupa a la mesa).
 
No muestra entusiasmo ante la comida, una actitud muy diferente de la que se refleja en los campesinos.

 

 


¿Cómo se representa al estamento privilegiado?



El hombre con el traje negro de mangas abullonadas es probablemente el propietario de la granja; seguramente un aristócrata por el detalle de la espada y el perro de caza, actividad considerada exclusiva de la nobleza. La nobleza y el clero, pertenecientes al estamento privilegiado, tenían una importante relación, lo que explica el hecho de que quien está hablando con el aristócrata no sea ninguno de los numerosos campesinos, sino precisamente el monje franciscano, representante del estamento eclesiástico dentro de la composición.

Lo mismo que encontramos en la actitud del burgués, no manifiestan la necesidad imperiosa de comer.

 




En la zona donde se encuentra el estamento privilegiado, aparece la carne, muy escasa en la dieta. La carne se conservaba muy mal y había que condimentarla para enmascarar su sabor; de ahí, que aparezca un salero o un especiero (las especias constituían un floreciente negocio).


 

 

La novia sentada, con las mejilla arreboladas, los ojos medio cerrados y las manos juntas, ignorada por el resto de los comensales.
 
Se distingue del resto porque tiene la cabeza al descubierto; muestra por última vez de tal modo su cabellera en público, ya que desaparecerá muy pronto bajo la cofia característica de las mujeres casadas de los Países Bajos. Sobre la cabeza lleva una corona, la llamada corona nupcial cuyo valor se fijaba en muchas regiones. También se determinaba el número de invitados, cuántos platos se servirían durante la comida y el precio de los regalos ofrecidos a la novia. Las autoridades justificaban oficialmente estas reglamentaciones para proteger a las familias de hacer gastos excesivos, pero probablemente también sería un método de diferenciación social, evitando que los no privilegiados, independientemente de su posibilidad económica real, hiciera un dispendio que los aristócratas consideraban que sólo debían estar al alcance de los de su estamento.

Pero, aunque la novia, coronada y en el centro de los comensales, está perfectamente identificada, no podemos reconocer al novio entre todo el resto de comensales que acuden a la celebración. Quizás es el hombre que está llenando los jarros (el novio muchas veces servía en el banquete) cuyo sitio, a la cabecera de la mesa y tapado por uno de los servidores, parece libre. En este caso estaría flanqueado por dos hombres, al igual que la novia lo está por dos mujeres. Pero, parece ser, que había banquetes de boda a los que el novio no estaba invitado, ya que el día de la boda se consideraba ante todo el día de la novia.
El sitio de la novia se pone de relieve mediante el paño verde a sus espaldas (el verde era considerado el color preferido de la burguesía, aunque los campesinos tambíén lo visten en esta escena).
 
La novia aparece inmóvil, con los ojos entrecerrados y las manos cruzadas, porque por aquella época la novia no debía hacer absolutamente nada el día de su boda, pues en una vida llena de trabajo, debía descansar por lo menos una vez. Tan solo el noble y el clérigo aparecen así mismo con las manos cruzadas, pues tampoco trabajan físicamente. El resto aparece siempre realizando alguna actividad.

El verde es el color de la juventud y de las mujeres solteras o en edad para contraer matrimonio. De esta manera observamos que la novia lleva un cuello verde claro. Las cofias, que durante siglos llevaron las mujeres en la iglesia, indicaban su estado civil. Si eran mujeres solteras tenían encajes o bordados de color verde claro.

 




En la esquina inferior izquierda vemos a un hombre (probablemente el novio) llenando un jarro con algún tipo de bebida que no podemos identificar con seguridad. El jarro que se está llenando aquí es un recipiente para los hombres, ya que las mujeres, como observamos en la mesa, utilizaban jarras mucho más pequeñas. Seguramente sería vino o cerveza, ambas bebidas muy populares en la zona de los Países Bajos del siglo XVI, pero no identificamos ningún signo de embriaguez entre los comensales.

Todo aparece ordenado, cada uno ocupa su lugar, perfectamente caracterizado bajo la atenta e incisiva mirada de Brueghel.


Nos recuerdan la pintura de Brueguel estos versos:


Quien come bien, bebe bien;
quien bien bebe, concededme,
es forzoso que bien duerma.
Quien duerme no peca; y quien
no peca, es caso notorio
que, si bautizado está,
a gozar del cielo va
sin tocar al purgatorio.
Esto arguye perfección;
luego según los efectos,
si son santos los perfectos,
los que comen bien, lo son.



Preámbulo, El Practicón. Tratado completo de cocina.
 Angel Muro - 1894



Fuentes

 
 
 

lunes, 12 de marzo de 2012

El bodegón en el Renacimiento IV

 
 
 

Bodegón con perdiz, guanteletes y flechas de ballesta.
Jacopo de Barbari



A lo largo de la segunda mitad del siglo XVI, como hemos visto, había evolucionado el bodegón autónomo. Gradualmente, el contenido religioso disminuyó en tamaño y lugar en estas pinturas, aunque las lecciones morales siguieron estando implícitas.

En este sentido destaca Jacopo de Barbari, conocido en Alemania como Jacob Welsh , nacido probablemente en Venecia entre 1445 y 1470. En el año 1500 se traslada a Alemania y allí desarrolló su obra.
Dio un paso más allá con su Bodegón con perdiz, guanteletes y flechas de ballesta (1504), uno de los primeros bodegones trampantojo firmados y datados, con un contenido religioso reducido al mínimo.



Italia

En la etapa inicial de transición del Renacimiento al Barroco, se encuentra:

Annibale Carracci
(Bolonia 1560- Roma 1609)



Figura capital en la historia del clasicismo del siglo XVI, desarrolla plenamente su labor en Italia. Junto con su hermano mayor Agostino Carracci, y junto con el primo de ambos, Ludovico Carracci, abrieron la academia de pintores de Desiderosi (Deseosos de fama y aprender), que posteriormente se llamó la Academia de los Incamminati (progresistas) y finalmente la "Escuela de los Eclécticos". El principal objetivo de los tres Carracci fue renovar la pintura, que entendían que había degenerado durante el Manierismo y que también veían en peligro por el naturalismo de Caravaggio.
Fue considerado el rival de Caravaggio.

Annibale Carracci comienza a eliminar los mensajes morales en sus obras, eliminando también las referencias religiosas explícitas.

Sus primeras obras reflejan costumbrismo y hasta naturalismo, fruto de la estancia en el taller de Bartolomeo Pasarotti, pintor local de Bolonia no demasiado célebre, pero que había evolucionado hacia una narración de la realidad cotidiana. A este influjo se deben dos obras:



La carnicería y El comedor de alubias.
 Ambas entre la caricatura y la escena de género:


La carnicería. Annibale Carracci 1585. Christi Church Gallery, en Oxford.


En la obra, Annibale Carracci, describe con absoluta claridad y credibilidad las actividades que tienen lugar en una carnicería. Se representa en primer plano, en la parte inferior a un joven que está a punto de cortar la cabeza a un cordero, mientras otro se esfuerza para colgar un becerro a un gancho, retorciendo su cuerpo y la cabeza en el esfuerzo. En el centro, detrás del mostrador, hay un carnicero que coloca perfectamente filetes de ternera en el mostrador. Cierra la imagen un carnicero veterano, vestido con un delantal blanco, que sostiene la balanza con la que pesa la carne, mientras que el cliente rebusca en su bolso el dinero para comprar la carne elegida. Las figuras pintadas no tienen nada vulgar, aunque se consideraba un negocio de mal gusto.


 
Carnicería. Annibale Carracci (hacia 1580)



El mismo tema destacando la espontaneidad y el aspecto abocetado.

Algunos estudiosos no descartan la posibilidad de que estas obras aludan a los "peligros de la carne", por lo que no estarían exentas de ciertas consideraciones religiosas, en alusióa al Evangelio de San Mateo, 26, 41:

“Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil".



El comedor de alubias. Annibale Carracci. Galería Colonna, Roma.



Se representa a un jornalero o campesino que come, con una cuchara de madera, un plato de alubias blancas, consideradas durante siglos como uno de los ingredientes básicos de la "cocina de los pobres". Frente a él, un pan, un pastel de verduras, un vaso de vino tinto medio vacío y una jarra de barro decorado con rayas verticales.
 
 
 
 


miércoles, 4 de enero de 2012

El bodegón en el Renacimiento III






Arcimboldo. Autorretrato

 
Entre los siglos XIV y XVI se producen, como hemos visto, varios cambios fundamentales en las artes plásticas europeas. Además de la renovación estética y estilística, producto de los cambios en el pensamiento y en lo socioeconómico,  también comienza un paulatino pero irreversible cambio en la consideración social de que son objeto los artistas, diferenciándose de los artesanos con los que se los confundía hasta entonces. Comienzan a ser valorados por su talento, abandonando así el anonimato en el que, en general, habían estado sumidos hasta la Edad Media. El "genio" artístico en el campo de la plástica, se convierte en un nuevo modo de acceder a un prestigio y posición social comparable al de las capas más favorecidas de la sociedad. 
Pero a veces, en la historia, aparecen talentos que, compartiendo algunas características generales del arte de su época, presentan aspectos que los destacan y diferencian del resto de los grandes artistas del momento. Su "originalidad" los sitúa fuera del denominador común de su época. Ellos producen obras que ningún otro de sus contemporáneos pudo imaginar; tienen además la particularidad de crear un nuevo camino expresivo y recorrerlo en su totalidad hasta agotarlo, no dando lugar a que otros artistas puedan tomarlos como base para desarrollar su propio y personal estilo, sin caer en la imitación lisa y llana. Y durante los dos siglos que la Historia del Arte engloba bajo el rótulo de Renacimiento, hubo al menos dos de estos "genios diferentes": El Bosco y Arcimboldo.
Ya hemos visto a El Bosco, ahora nos dirigimos hacia Italia.

 No podemos olvidar, si seguimos el rastro de los antecedentes del "género bodegón", de un pintor nacido en Italia, pero que desarrolló la mayor parte de su obra en Bohemia. Por ello es considerado representante del Renacimiento Germánico :

Giuseppe Arcimboldo

Pintor manierista, cuyas grotescas composiciones alegóricas parecen anunciar el arte surrealista del siglo XX.

Nació en Milán en 1527, trabajó con su padre en las vidrieras de la catedral milanesa y se casó con una alemana, pasando a residir, a partir de 1562, en Praga, capital del reino de Bohemia. Entró al servicio del emperador Fernando I y de sus sucesores Maximiliano II y Rodolfo II. Los tres tuvieron en gran estima a Arcimboldo, alcanzando el cargo de pintor de la corte e incluso fue nombrado Conde Palatino. Con Rodolfo II, personalidad desequilibrada y contradictoria, pero gran mecenas del arte y de los artistas, mantuvo una relación muy fructífera, (le denominó el "Leonardo da Vinci" de la corte bohemia), llegando a retratarlo como la divinidad romana Vertumno. No obstante también tuvo detractores que consideraban sus obras de mal gusto y de temática inapropiada. Al ser un adelantado a su tiempo, sufrió la incomprensión, el odio y la envidia de gran parte de sus contemporáneos.
A la muerte de Rodolfo II, regresó a su Milán natal, donde murió en 1593.

Su método de trabajo consistía en la creación de retratos a partir de elementos propios de otros géneros, creando una suerte de mezcla entre retrato y bodegón, o entre retrato y paisaje, siendo pionero en las imágenes de doble sentido.

De su obra, destacamos "Las series", de las que pintó varias versiones, con diferentes variaciones. Una de Los Cuatro Elementos (aire, agua, fuego y tierra).
Cada uno de los rostros está formado por un solo tipo de elemento compositivo:

 

Tierra


En la tierra son los animales terrestres los que se muestran; venados, león, cordero, caballo, simio, jabalí, elefante, conejo, etcétera.



Fuego


El fuego aparece con cañones, trabucos, rescoldos... ¿has visto un candil?, ¿y dos velas?, ¿y una mecha y cerillas?





Agua



Para su alegoría del elemento Agua, Arcimboldo construye una cabeza compuesta por una caterva de organismos marinos. La mejilla es una raya, la ceja está trazada por una langosta y la boca prestada de un tiburón. La oreja es una caracola y el cuello se perfila mediante una anguila y un collar perlas. Un cangrejo hace de escudo y una tortuga, junto con una concha, dan forma a una hombrera adornada con un pulpo.


 
Aire


Esta serie guarda una evidente relación con "Las Cuatro Estaciones". De hecho, ambas series están organizadas según en hipotético "eje de simetría", que enfrenta al aire con la primavera, al verano con el fuego, al otoño con la tierra, y al invierno con el agua.
El pintor ha representado los hipotéticos rostros de las estaciones mediante los elementos típicos de cada una de ellas:


 

Primavera


Es el único Arcimboldo que hay en España (Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando). Al igual que en los demás, el artista utiliza elementos vegetales para componer el rostro de una mujer joven y , como es la primavera, lo utilizado son flores de todas clases. Puedes buscar: en la cara: rosas, margaritas, amapolas, dalias, azahar y azucena. En el torso: lirio, fresa salvaje, manzanilla y lechuga.
 
 
 
Verano. Museo del Louvre


Frutos y plantas veraniegas componen el retrato: melocotón, cereza, ajo, pepino, pera, maíz, ciruelas, grosellas, guisantes y alcachofa.


 

Otoño. Museo del Louvre


 El otoño presenta setas, vides, higos, calabazas, pimientos y cebollas.


 

Invierno. Museo del Louvre


El retrato más complejo y menos descifrable de la serie, en el que se entremezclan elementos claramente secos y fríos, como la corteza que forma la cara, con otros más cálidos y vivos, como las hojas de la caballera y las dos frutas que cuelgan del cuello. Parece como si el alegre Arcimboldo se negase a sacar una cara amable a la menos amable de las estaciones. 

Pero Arcimboldo no se limitó exclusivamente a la creación de series de lienzos (elementos, estaciones) sino que pintó también numerosos retratos individuales, muchos de ellos para el Emperador Rodolfo II, con su original e inconfundible maniera, con evidentes pinceladas satíricas y caricaturescas:

 

Vertumno



El retrato / bodegón de "Vertumno ( c.1590, Skoklosters Slott, Suecia) es quizá la obra más ambiciosa de Arcimboldo, un exuberante retrato de Rodolfo II .

Concibe al emperador como Vertumno, dios de la mitología romana, que representaba la abundancia de frutos de la naturaleza en las diversas estaciones del año. El cuadro es, en realidad, una alegoría con un doble significado y un doble destinatario: es un símbolo del poder y la riqueza que atesora Rodolfo II, y de la edad de oro que se vive en la época gracias al emperador; pero es además una advertencia a sus súbditos de que, gracias a él, no habrá escasez y que los beneficios de la tierra serán generosamente distribuidos.

Su oreja izquierda es una mazorca de maíz, tiene dos manzanas donde deberían estar los pómulos, una pera en el lugar de la nariz, una calabaza sobre el pecho y un nabo como cuello, sus ojos son moras y cerezas, tiene los hombros cubiertos de nabos y puerros y el cuerpo, tapizado de flores, y como cabellos, racimos de uvas, judías verdes y algunas otras frutas.
El cuadro es el último regalo que Giuseppe Arcimboldo otorga a su mecenas. Se lo envía a finales de 1591 y el presente viene acompañado por un poema de Gregorio Comanini:


Mira la manzana, mira el melocotón
cómo se me ofrecen en ambas mejillas
redondos y llenos de vida
Fíjate en mis ojos
de color cereza uno
el otro de color de mora.
No te dejes engañar, es mi cara.



El emperador entiende la carga simbólica de esta obra y sabe, a ciencia cierta, que no es ninguna burla hacia su persona.

Está tan contento con el regalo que ordena que se conceda a Arcimboldo, en 1592, el título de conde Palatino, una distinción honorífica que lo acompañará hasta su muerte, apenas un año después.



El almirante



 
Quizá la máxima expresión de la originalidad de Arcimboldo sean los retratos invertidos, imágenes de doble sentido, esto es, aparentes bodegones que, una vez girados 90º, se convierten en extraños y perturbadores retratos. "El asado" (c.1570, Colección particular, Estocolmo) y "El hortelano" (c.1590, Museo Cívio, Cremona) son los ejemplos más logrados y famosos.

Se ignora quiénes son los retratados, pero los especialistas apuntan que todos los retratos de Arcimboldo son de conocidos suyos:


 


El asado
 

Un asado de pollo y cochinillo se convierte, al darle la vuelta, en una horripilante y terrorífica cara. 

 


El hortelano


En el hortelano, un cesto de hortalizas contemplado a la inversa, resulta ser un rostro regordete y mofletudo con unos vivos ojillos.


 
Cesto con frutas


 
El lienzo, a primera vista, parece un cesto con frutas. Pero al darle la vuelta a la imagen, los frutos se convierten en un rostro humano.

Emplea frutos otoñales como manzanas, peras, castañas, uvas y granadas.
Las obras de Arcimboldo destacan por estar cuidadas hasta el mínimo detalle. En ésta destacan detalles como las pequeñas manchas en la piel de la fruta madura, los pinchos de las castañas o la uvas, algunas todavía verdes y otras ya algo pasadas.  

La pintura de Arcimboldo podría parecer algo irreverente pero, de hecho, es la manifestación de su vehemente búsqueda de nuevas ideas, y su exploración de diferentes modos de expresión.

Se le ha querido ver como un precursor del Surrealismo del siglo XX, pero la exploración del subconsciente y de las imágenes de los sueños, característica de ese movimiento artístico contemporáneo, era absolutamente ajena a la intención de Arcimboldo. Más bien debemos ubicarlo en su propio contexto histórico de fines del Renacimiento, ya en transición hacia el Barroco. Esta fue una época donde el interés por la naturaleza y por el hombre ya había reemplazado plenamente al misticismo medieval (lo que no debe interpretarse como una reducción del sentimiento religioso). En la pintura, el retrato y el paisaje natural empleado como fondo de cualquier tema, incluido los retratos, eran prácticas características del Renacimiento, que reflejaban esos nuevos intereses. Los coleccionistas solían dedicar igual atención a la adquisición de obras de arte y de curiosidades naturales de todo tipo. Arcimboldo sintetiza en sus retratos, con fantasía y original inventiva, esa nueva orientación del pensamiento de su época enfocada hacia la contemplación e investigación de la naturaleza, que produjo por un lado, el "renacer" de la búsqueda científica de conocimiento sobre el Hombre y el mundo que habita, y por otra parte, la renovación de las artes plásticas occidentales.

Aunque la pintura de Arcimboldo, marcada por la curiosidad por lo exótico, lo raro y lo monstruoso, fue valorada en vida, al artista le tocó vivir a la sombra de grandes maestros, como Leonardo da Vinci, Rafael, Miguel Ángel, Durero, Cranach, Tiziano, El Greco o Pieter Brueghel, quien fue su única influencia pictórica reconocida. Pero no todos sus contemporáneos la admiraban por igual: una buena parte de los artistas e intelectuales del siglo XVI tacharon su obra de «grotesca».

Tras su muerte, a los 66 años, su obra cayó en el olvido, probablemente porque sus caricaturescas imágenes no hallaron fácil explicación y comprensión. Solo la admiración de los surrealistas, en el siglo XX (especialmente Salvador Dalí), que cayeron cautivados por sus juegos visuales, su imaginación y la posibilidad de la doble lectura de los lienzos, recuperó su figura de un olvido de siglos.
Como muchas de las cosas acontecidas en el pasado, la obra de Archimboldo, por extraña, bella y misteriosa, logra escaparse todavía del entendimiento y la intuición del hombre contemporáneo. 


 
Fuentes

domingo, 11 de diciembre de 2011

El bodegón en el Renacimiento II





La mesa de los siete pecados capitales. El Bosco


No podemos olvidarnos de un pintor, que si bien no se encuentra clasificado dentro del "género bodegón", lo cierto es que su obra es realmente singular. Con una mentalidad medieval, anuncia ya muchos rasgos de la Edad Moderna, de la pintura renacentista:

Jeroen Anthoniszoon van Aeken, conocido como El Bosco o Jerónimo Bosch
(Bolduque, h. 1450 - agosto de 1516)


Sobre la figura de Jerome van Aken "El Bosco" es poco lo que sabemos con certeza.
Nació en 1450 en la pequeña ciudad de Hertogenbosch ("Bosque del Duque"), localizada en la moderna Holanda, donde desarrolló toda su vida artística . Su infancia transcurrió en el seno de una familia de artesanos pintores, y con ellos aprendió el oficio.
Los clientes del negocio familiar, su pertenencia a la Cofradía de La Hermandad de Nuestra Señora y un matrimonio socialmente beneficioso, le ayudaron a ser conocido en pocos años.

En sus obras abunda el sarcasmo, lo grotesco y una imaginería onírica. Una de las explicaciones para esto es que 'El Bosco' aún se encuentra imbuido por la cosmovisión medieval, repleta de la creencia en hechiceras, la alquimia, la magia, los bestiarios, los tesaurus, las hagiografías... Además, en el 1500 abundaron los rumores apocalípticos. Esto influye para que  intente desde sus pinturas dar un mensaje moralista, si bien de un moralismo nada pacato sino, por el contrario, satírico; y si 'El Bosco', tiene mucho de medieval, por otra parte nos anticipa el Humanismo de la Edad Moderna.

Esta actitud todavía medieval es la que inspira su obra  El tablero de los siete pecados capitales y de las cuatro postrimerías.  Utiliza una composición circular centrada por el ojo de Dios que todo lo ve, de la que emerge la figura de Jesús saliendo del sarcófago y mostrando las llagas, según una clara actitud triunfante característica de la Edad Media. En torno a él, se disponen radicalmente siete escenas alusivas a los pecados capitales, representadas todas ellas según una imaginería tomada de la vida cotidiana.


 


La mesa de los siete pecados capitales. La gula. El Bosco


 
Si comenzamos por la gula, aunque la designación latina de este pecado aparece inscrita bajo la escena, lo cierto es que las palabras sobran ante la claridad y contundencia de las imágenes. En este caso dentro de un escenario absolutamente cotidiano, aparecen cuatro personajes: en torno a la mesa, un hombre grueso y corpulento comiendo, mientras que a la derecha otro, de pie, bebe ansiosamente de la jarra. Completan la escena una mujer que porta en una bandeja una nueva vianda y un niño, simbolizando quizás cómo el mal ejemplo puede provocar una temprana inclinación hacia este pecado. En primer plano, otra alusión directa a la comida: una salchicha se asa al fuego.

Como se puede observar, en este fragmento no hay ninguna elaboración ni estética ni intelectual que nos distraiga de su verdadero contenido; desde el escenario que se podría identificar como una estancia popular de una casa también popular, hasta el reducido número de personajes, resueltos por cierto de un modo realista, totalmente alejado de los parámetros artísticos del Renacimiento, según los cuales se busca la belleza en ocasiones a costa del realismo.
Todos los elementos conformadores de la escena se unen para que su lectura resulte fácilmente comprensible para todas las gentes, sea cual sea su condición, que de este modo tan contundente quedan avisadas de los peligros y las tentaciones que se ciernen sobre ellas.
 
 


La lujuria (detalle)

 

La lujuria tiene como marco un jardín en el que las parejas beben, escuchan música y comen fresas y manzanas, frutos evocadores del pecado original.

Los objetos cotidianos y los distintos alimentos, como fresas, naranjas, manzanas, carne, vino, verduras, etcétera, siempre se muestran bajo un prisma medieval, es decir, subordinados a una idea religiosa, con actitud moralizante, cargados de simbología.
Una de sus fuentes de inspiración favoritas fue la cultura popular. Los refranes, los dichos, las costumbres y leyendas, las supersticiones del pueblo le dieron múltiples temas para tratar en sus cuadros. Da a los objetos de uso cotidiano un sentido diferente y convierte la escena en un momento delirante, lleno de simbolismos.

Su estilo recogía claramente los fantasmas de los años finales de la Edad Media, en los que la salvación tras la muerte era una gran obsesión. Enseguida estableció su temática favorita: la debilidad humana, tan proclive al engaño y a ceder a las tentaciones.
Nuestro artista vivió en una época de crisis espiritual muy profunda, que condujo poco después a la ruptura del mundo cristiano con la Reforma protestante. El Bosco prácticamente pintó sólo obras religiosas. Su piedad era extrema, rigurosa, y presentaba un mundo enfangado, que se revolcaba en el pecado, casi sin esperanza de salvación. Ve a sus congéneres pudriéndose en el Infierno por todo tipo de vicios.

Se tiende a mirar sus obras como productos magníficos de la imaginación y no hay tentación más fácil que identificarlo con el surrealismo. Se comete el error de pensar que El Bosco pintó para nosotros, que se adelantó a nuestra visión de época y que en ello radica su valor como visionario. Pero lo hizo hace más de 400 años y nosotros, hoy día, somos incapaces de comprender todos los símbolos y lecturas con que impregnó sus cuadros. Tan sólo aquellas imágenes que resultan familiares son rápidamente extraídas de su contexto y examinadas a la luz de la psicología del siglo XX.

Estas consideraciones son particularmente evidentes en su obra El jardín de las Delicias:


 
 
El jardín de las Delicias. El Bosco. Museo del Prado, Madrid
 
 
El Jardín de las Delicias fue probablemente un encargo de Enrique III de Nassau para su palacio de Bruselas, donde se encontraba la obra en 1517, tan sólo un año después de la muerte del pintor. Estos encargos de particulares no siempre tenían como finalidad colgar la pintura en un recinto sagrado o, al menos, en una iglesia pública, y se reservaban el "placer" del disfrute privado de las ocurrencias bosquianas. No lo hacían por el "sermón" del contenido de la obra, sino por el disfrute en su contemplación. En esta capacidad fabuladora y de "divertir con sus diabluras" pueden estar algunas de las razones de su éxito.
Mayoritariamente el Jardín de las Delicias se considera una sátira moralizante sobre el destino de la naturaleza humana y los hombres de su entorno social. No debemos olvidar que El Bosco es un pintor famoso, perfectamente integrado en una sociedad cristiana de la que es un miembro apreciado y respetado, lejos de toda duda razonable sobre su ortodoxia. Esto aleja cualquier interpretación esotérica o críptica a la hora de encararse con su obra.
 
Es una de las obras más enigmáticas del artista, si bien la visión moralizante-didáctica es la más aceptada: al exterior, el tercer día del Génesis; en la hoja a la izquierda, la creación de Eva, suceso-base de los males del mundo (El jardín del Edén); en el centro, la representación de los pecados carnales (El jardín de las Delicias); a la derecha, el castigo, el infierno (El Infierno).

Vamos a fijarnos en la tabla central, de difícil interpretación. Da nombre al conjunto, al representarse en un jardín las delicias o placeres de la vida. Entre Paraíso e Infierno, estas delicias no son sino alusiones al Pecado, que muestran a la humanidad entregada a los diversos placeres mundanos.

Las figuras se reparten de forma ordenada alrededor de toda la superficie, creando diferentes escenarios, pero sin una narrativa concreta que los una. Se trata de cientos de figuras humanas de seres jóvenes, no hay niños ni viejos, que se mezclan con animales reales y fantásticos y con frutas y flores de simbología erótica. Se trata de los hijos de Adán y Eva, la humanidad que se divierte de forma inconsciente (las Delicias). Todo ello aparece cuajado de alusiones simbólicas de carácter erótico.



Tabla central del Tríptico, El jardín de las Delicias (detalle)



 
Tabla central del Tríptico, El jardín de las Delicias (detalle)

 
También existe otra visión que, dejando de lado el elemento sexual, ha subrayado un tema que parece impregnar esta obra: la inestabilidad y la fugacidad. Sigüenza, que lo describió en 1605, vio en la tabla central una representación simbólica de la vanidad de los placeres mundanos figurados por las fresas, fruto cuya fragancia "apenas se puede oler antes que pase".


 

 
 
 
 
 
 
 
El jardín de las Delicias (detalles)



 
Cerezas, fresas, frambuesas, racimos de uva, madroños, moras, grosellas, con los que se deleitan los amantes, significan voluptuosidad en las claves de los sueños de los antiguos . Reflejan una simbología erótica de procedente onírica, alquímica, mística, o más corrientemente popular. 
Se muestra también la naranja con idéntico significado.

La mayoría de los estudiosos han identificado las frutas y flores que aparecen en la tabla como símbolos eróticos populares en la Holanda del siglo XV. El acto sexual se identificaba en la antigua Holanda con la recolección de frutas, así como la fresa se unía al placer.


 


 
El jardín de las Delicias, (detalles)
 


Para la redoma transparente, las cáscaras de fruta y para las campanas de vidrio que cobijan otros desnudos (transparencia del vicio),  se recuerda el proverbio flamenco "la felicidad es como el vidrio, se rompe pronto". 


 

El jardín de las Delicias, (detalle)


La valva de molusco que encierra a los amantes es normal definición popular de la mujer, o representación del adulterio, que ve en el portador al marido engañado.

 


Alegoría de los placeres. El Bosco



En su obra Alegoría de los placeres parece evidente que está dedicada a ciertos placeres físicos que también pudieran ser interpretados como pecados capitales: la gula, la lujuria... temas recurrentes en su pintura.

Todos los análisis demuestran que esta pintura es un fragmento de otra mayor. Lo que no está tan claro es a cuál pertenece. Algunos piensan que puede ser parte de la Nave de los Locos.




La nave de los locos. El Bosco
 

En La nave de los locos, El Bosco imagina que toda la humanidad está viajando por los mares del tiempo en una nave, una embarcación pequeña que representa a la humanidad. Por desgracia, cada uno de los representantes de la humanidad es un loco. Así es como vivimos, dice El Bosco, comemos, bebemos, amamos, engañamos, hacemos tonterías, buscamos objetivos inalcanzables; mientras tanto, nuestro barco navega sin rumbo y nunca conseguimos llegar a puerto. Los locos no son los ateos -entre ellos se encuentran un monje y una monja- sino todos aquellos que viven «en la estupidez». El Bosco se ríe, pero es una risa triste.
 
No obstante, si bien muchas de las imágenes y símbolos del Bosco han encontrado su explicación en fuentes históricas documentadas, aún permanecen en penumbra muchos aspectos de la figura y la obra del pintor.
No siendo un bodegonista, sin embargo, las connotaciones, la simbología de los alimentos, la iconografía y los objetos cotidianos que refleja en su obra, nos parecen singulares y originales.
 
 
 
Fuentes