La belleza trasciende la estética

sábado, 10 de diciembre de 2011

El bodegón en el Renacimiento II





La mesa de los siete pecados capitales. El Bosco


No podemos olvidarnos de un pintor, que si bien no se encuentra clasificado dentro del "género bodegón", lo cierto es que su obra es realmente singular. Con una mentalidad medieval, anuncia ya muchos rasgos de la Edad Moderna, de la pintura renacentista:

Jeroen Anthoniszoon van Aeken, conocido como El Bosco o Jerónimo Bosch
(Bolduque, h. 1450 - agosto de 1516)


Sobre la figura de Jerome van Aken "El Bosco" es poco lo que sabemos con certeza.
Nació en 1450 en la pequeña ciudad de Hertogenbosch ("Bosque del Duque"), localizada en la moderna Holanda, donde desarrolló toda su vida artística . Su infancia transcurrió en el seno de una familia de artesanos pintores, y con ellos aprendió el oficio.
Los clientes del negocio familiar, su pertenencia a la Cofradía de La Hermandad de Nuestra Señora y un matrimonio socialmente beneficioso, le ayudaron a ser conocido en pocos años.

En sus obras abunda el sarcasmo, lo grotesco y una imaginería onírica. Una de las explicaciones para esto es que 'El Bosco' aún se encuentra imbuido por la cosmovisión medieval, repleta de la creencia en hechiceras, la alquimia, la magia, los bestiarios, los tesaurus, las hagiografías... Además, en el 1500 abundaron los rumores apocalípticos. Esto influye para que  intente desde sus pinturas dar un mensaje moralista, si bien de un moralismo nada pacato sino, por el contrario, satírico; y si 'El Bosco', tiene mucho de medieval, por otra parte nos anticipa el Humanismo de la Edad Moderna.

Esta actitud todavía medieval es la que inspira su obra  El tablero de los siete pecados capitales y de las cuatro postrimerías.  Utiliza una composición circular centrada por el ojo de Dios que todo lo ve, de la que emerge la figura de Jesús saliendo del sarcófago y mostrando las llagas, según una clara actitud triunfante característica de la Edad Media. En torno a él, se disponen radicalmente siete escenas alusivas a los pecados capitales, representadas todas ellas según una imaginería tomada de la vida cotidiana.


 


La mesa de los siete pecados capitales. La gula. El Bosco


 
Si comenzamos por la gula, aunque la designación latina de este pecado aparece inscrita bajo la escena, lo cierto es que las palabras sobran ante la claridad y contundencia de las imágenes. En este caso dentro de un escenario absolutamente cotidiano, aparecen cuatro personajes: en torno a la mesa, un hombre grueso y corpulento comiendo, mientras que a la derecha otro, de pie, bebe ansiosamente de la jarra. Completan la escena una mujer que porta en una bandeja una nueva vianda y un niño, simbolizando quizás cómo el mal ejemplo puede provocar una temprana inclinación hacia este pecado. En primer plano, otra alusión directa a la comida: una salchicha se asa al fuego.

Como se puede observar, en este fragmento no hay ninguna elaboración ni estética ni intelectual que nos distraiga de su verdadero contenido; desde el escenario que se podría identificar como una estancia popular de una casa también popular, hasta el reducido número de personajes, resueltos por cierto de un modo realista, totalmente alejado de los parámetros artísticos del Renacimiento, según los cuales se busca la belleza en ocasiones a costa del realismo.
Todos los elementos conformadores de la escena se unen para que su lectura resulte fácilmente comprensible para todas las gentes, sea cual sea su condición, que de este modo tan contundente quedan avisadas de los peligros y las tentaciones que se ciernen sobre ellas.
 
 


La lujuria (detalle)

 

La lujuria tiene como marco un jardín en el que las parejas beben, escuchan música y comen fresas y manzanas, frutos evocadores del pecado original.

Los objetos cotidianos y los distintos alimentos, como fresas, naranjas, manzanas, carne, vino, verduras, etcétera, siempre se muestran bajo un prisma medieval, es decir, subordinados a una idea religiosa, con actitud moralizante, cargados de simbología.
Una de sus fuentes de inspiración favoritas fue la cultura popular. Los refranes, los dichos, las costumbres y leyendas, las supersticiones del pueblo le dieron múltiples temas para tratar en sus cuadros. Da a los objetos de uso cotidiano un sentido diferente y convierte la escena en un momento delirante, lleno de simbolismos.

Su estilo recogía claramente los fantasmas de los años finales de la Edad Media, en los que la salvación tras la muerte era una gran obsesión. Enseguida estableció su temática favorita: la debilidad humana, tan proclive al engaño y a ceder a las tentaciones.
Nuestro artista vivió en una época de crisis espiritual muy profunda, que condujo poco después a la ruptura del mundo cristiano con la Reforma protestante. El Bosco prácticamente pintó sólo obras religiosas. Su piedad era extrema, rigurosa, y presentaba un mundo enfangado, que se revolcaba en el pecado, casi sin esperanza de salvación. Ve a sus congéneres pudriéndose en el Infierno por todo tipo de vicios.

Se tiende a mirar sus obras como productos magníficos de la imaginación y no hay tentación más fácil que identificarlo con el surrealismo. Se comete el error de pensar que El Bosco pintó para nosotros, que se adelantó a nuestra visión de época y que en ello radica su valor como visionario. Pero lo hizo hace más de 400 años y nosotros, hoy día, somos incapaces de comprender todos los símbolos y lecturas con que impregnó sus cuadros. Tan sólo aquellas imágenes que resultan familiares son rápidamente extraídas de su contexto y examinadas a la luz de la psicología del siglo XX.

Estas consideraciones son particularmente evidentes en su obra El jardín de las Delicias:


 
 
El jardín de las Delicias. El Bosco. Museo del Prado, Madrid
 
 
El Jardín de las Delicias fue probablemente un encargo de Enrique III de Nassau para su palacio de Bruselas, donde se encontraba la obra en 1517, tan sólo un año después de la muerte del pintor. Estos encargos de particulares no siempre tenían como finalidad colgar la pintura en un recinto sagrado o, al menos, en una iglesia pública, y se reservaban el "placer" del disfrute privado de las ocurrencias bosquianas. No lo hacían por el "sermón" del contenido de la obra, sino por el disfrute en su contemplación. En esta capacidad fabuladora y de "divertir con sus diabluras" pueden estar algunas de las razones de su éxito.
Mayoritariamente el Jardín de las Delicias se considera una sátira moralizante sobre el destino de la naturaleza humana y los hombres de su entorno social. No debemos olvidar que El Bosco es un pintor famoso, perfectamente integrado en una sociedad cristiana de la que es un miembro apreciado y respetado, lejos de toda duda razonable sobre su ortodoxia. Esto aleja cualquier interpretación esotérica o críptica a la hora de encararse con su obra.
 
Es una de las obras más enigmáticas del artista, si bien la visión moralizante-didáctica es la más aceptada: al exterior, el tercer día del Génesis; en la hoja a la izquierda, la creación de Eva, suceso-base de los males del mundo (El jardín del Edén); en el centro, la representación de los pecados carnales (El jardín de las Delicias); a la derecha, el castigo, el infierno (El Infierno).

Vamos a fijarnos en la tabla central, de difícil interpretación. Da nombre al conjunto, al representarse en un jardín las delicias o placeres de la vida. Entre Paraíso e Infierno, estas delicias no son sino alusiones al Pecado, que muestran a la humanidad entregada a los diversos placeres mundanos.

Las figuras se reparten de forma ordenada alrededor de toda la superficie, creando diferentes escenarios, pero sin una narrativa concreta que los una. Se trata de cientos de figuras humanas de seres jóvenes, no hay niños ni viejos, que se mezclan con animales reales y fantásticos y con frutas y flores de simbología erótica. Se trata de los hijos de Adán y Eva, la humanidad que se divierte de forma inconsciente (las Delicias). Todo ello aparece cuajado de alusiones simbólicas de carácter erótico.



Tabla central del Tríptico, El jardín de las Delicias (detalle)



 
Tabla central del Tríptico, El jardín de las Delicias (detalle)

 
También existe otra visión que, dejando de lado el elemento sexual, ha subrayado un tema que parece impregnar esta obra: la inestabilidad y la fugacidad. Sigüenza, que lo describió en 1605, vio en la tabla central una representación simbólica de la vanidad de los placeres mundanos figurados por las fresas, fruto cuya fragancia "apenas se puede oler antes que pase".


 

 
 
 
 
 
 
 
El jardín de las Delicias (detalles)



 
Cerezas, fresas, frambuesas, racimos de uva, madroños, moras, grosellas, con los que se deleitan los amantes, significan voluptuosidad en las claves de los sueños de los antiguos . Reflejan una simbología erótica de procedente onírica, alquímica, mística, o más corrientemente popular. 
Se muestra también la naranja con idéntico significado.

La mayoría de los estudiosos han identificado las frutas y flores que aparecen en la tabla como símbolos eróticos populares en la Holanda del siglo XV. El acto sexual se identificaba en la antigua Holanda con la recolección de frutas, así como la fresa se unía al placer.


 


 
El jardín de las Delicias, (detalles)
 


Para la redoma transparente, las cáscaras de fruta y para las campanas de vidrio que cobijan otros desnudos (transparencia del vicio),  se recuerda el proverbio flamenco "la felicidad es como el vidrio, se rompe pronto". 


 

El jardín de las Delicias, (detalle)


La valva de molusco que encierra a los amantes es normal definición popular de la mujer, o representación del adulterio, que ve en el portador al marido engañado.

 


Alegoría de los placeres. El Bosco



En su obra Alegoría de los placeres parece evidente que está dedicada a ciertos placeres físicos que también pudieran ser interpretados como pecados capitales: la gula, la lujuria... temas recurrentes en su pintura.

Todos los análisis demuestran que esta pintura es un fragmento de otra mayor. Lo que no está tan claro es a cuál pertenece. Algunos piensan que puede ser parte de la Nave de los Locos.




La nave de los locos. El Bosco
 

En La nave de los locos, El Bosco imagina que toda la humanidad está viajando por los mares del tiempo en una nave, una embarcación pequeña que representa a la humanidad. Por desgracia, cada uno de los representantes de la humanidad es un loco. Así es como vivimos, dice El Bosco, comemos, bebemos, amamos, engañamos, hacemos tonterías, buscamos objetivos inalcanzables; mientras tanto, nuestro barco navega sin rumbo y nunca conseguimos llegar a puerto. Los locos no son los ateos -entre ellos se encuentran un monje y una monja- sino todos aquellos que viven «en la estupidez». El Bosco se ríe, pero es una risa triste.
 
No obstante, si bien muchas de las imágenes y símbolos del Bosco han encontrado su explicación en fuentes históricas documentadas, aún permanecen en penumbra muchos aspectos de la figura y la obra del pintor.
No siendo un bodegonista, sin embargo, las connotaciones, la simbología de los alimentos, la iconografía y los objetos cotidianos que refleja en su obra, nos parecen singulares y originales.
 
 
 
Fuentes



 


4 comentarios:

María José dijo...

Rosa, soy María José, vengo de Diario de mi jardin para darte las gracias por las palabras tan amables que me dejaste. Yo también soy una gran admiradora de tu blog; me encanta y, además me sirve da ayuda para mis clases de arte con los niños. Las fotos son fantásticas, esos detalles que son tan difíciles de percibir en el cuadro, todo, todo me resulta interesantisimo. Así que gracias por compartir tu trabajo.
También quiero aprovechar para enviarte mis mejores deseos para esta Navidad y que el año próximo y los venideros sigas deleitándonos con tus entradas.
María José

Rosa dijo...

Muchas gracias María José, hasta pronto.
FELIZ NAVIDAD

Francisco Novo Alaminos dijo...

LE FELICITO CON TODA EL ALMA !! Es toda una clase magistral, me encanta y qué pena de mi cabezota si no me acuerdo de visitarla de vez en cuando, poco
a poco porque está repleta.....
Bueno, gracias por leerme...
Un abrazo.

Rosa dijo...

Muchas gracias, Francisco.
Saludos.